Enemigos insidiosos

OCT, 31, 2020 | - Por CARLOS FREILE

En diferentes medios de comunicación algunos de los más lúcidos observadores de la realidad ecuatoriana se han referido a un grave obstáculo no solo para el progreso sino para el orden social y el imperio de la justicia: la pandemia de trámites que ahogan a cualquier ciudadano de a pie que requiere lograr algo en la paquidérmica administración pública. No importa si se trata de una gestión sobre impuestos o de escriturar una compraventa, de fundar una empresa o de logar un juicio de coactiva. Pareciera que lo único fácil es inscribir candidatos a cualquier dignidad sin cumplir los requisitos mandados por la ley.

Ya desde los tiempos de Babilonia y del Imperio Chino las burocracias estatales se especializaron en poner trabas a la vida de los habitantes de un país, aún hoy los ciudadanos son tratados por los funcionarios como súbditos solo identificables por su total inferioridad y carencia de derechos.

Pasan los años, la técnica ofrece a los tecnócratas innumerables medios para agilitar trámites, las diferentes dependencias estatales y municipales cuentan con computadoras, bases de datos y un largo etcétera, con lo cual debería acortarse el tiempo que el indefenso vasallo debe emplear en cumplir etapas de papeleo totalmente kafkianas. 

Los burócratas tratan de justificar su existencia y, en el fango de aprovechados en que nos movemos, buscan una propina, el aceite para lubricar el motor siempre paralítico de las oficinas públicas. Consta a muchos súbditos ecuatorianos que en ocasiones se exige el documento A para conseguir el papel B y el papel B para alcanzar el documento A, un auténtico suplicio de Tántalo. Eso sin hablar de la montaña de copias inútiles, propias de una cultura de pluma y tinta, de timbres y papeles sellados. 

Si un gobierno cualquiera lograra reducir el número de trámites para cualquier asunto merecería la gratitud eterna de estos vasallos amargados cuya vida en parte se va en papeleos y colas, sin contar los reclamos inútiles frente a los funcionarios descendientes no sabemos si bastardos de Rumiñahui (Cara de Piedra).

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