El año de la muerte

ENE, 02, 2021 | - Por CARLOS FREILE

El año que acaba de terminar estuvo señalado con el signo de la muerte,  no solo por la pandemia, que esperamos no haya tenido un origen humano y planificado, sino por dos aprobaciones legislativas criminales contra el derecho a la vida. En orden de tiempo: la aprobación de la eutanasia en España y la del aborto en Argentina. ¿Cuántos muertos ha provocado el coronavirus? ¿Y cuántos el aborto?

A quienes defendemos la vida desde la concepción hasta la muerte natural nos acusan de actuar basados en dogmas, la típica falacia tramposa del hombre de paja: inventarse un enemigo falsificado para atacarlo y hacer más fácil la victoria. Pregunto, y espero respuestas: ¿es dogma la certeza del ADN humano del ser gestado? ¿es dogma que ese ser jamás es un vegetal o un animal no humano? ¿es dogma que ese ser humano está vivo? ¿es dogma que el nonato es totalmente inocente de cualquier crimen? Detrás de estas preguntas no se esconde ningún fanatismo religioso, las puede formular un ateo, un agnóstico, un indiferente. Son preguntas sobre hechos que se pueden verificar de manera experimental.

Lo que viene sí tiene un contenido religioso general, aplicable a cualquier creencia que respete el libre albedrío del ser humano. Alguien se preguntaba por qué Dios no responde a quienes le piden el fin de la pandemia; se respondía con la afirmación de la no existencia de Dios: si Dios (ahora está de moda escribir este nombre propio con minúscula, con falta de ortografía) no existe, mal puede hacer milagros. Sin embargo, el creyente puede preguntar: ¿con qué cara le pediremos a Dios su ayuda si le hemos desobedecido constantemente? Hemos violado de manera sistemática sus leyes, asesinamos a inocentes, despreciamos la vida humana, adoramos a las creaturas…

Le insultamos y ninguneamos en la política y en la sociedad, le hemos desterrado de las leyes, de las costumbres, de la familia, del hogar, de la educación, y pretendemos que El actúe para remediar nuestros tremendos errores. Ya lo dijo algún tradicionalista: ponemos tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias .

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