Falsedades en bocas ilustres

ENE, 09, 2021 | - Por CARLOS FREILE

Es difícil que una persona ilustrada diga alguna falsedad en materia de Física o Química, pero con frecuencia se encuentran errores en el campo de la Historia; pareciera que sobre el pasado todo el mundo sabe todo. Y no me refiero a gente del común, sino a personajes sobresalientes en el ámbito nacional.

Vayan algunos ejemplos: un connotado exvicepresidente de la República escribió que en la Inquisición primero se dictaba la pena y después se buscaban las pruebas. Falso.

Una prestigiosa exasambleísta afirmó que en la Colonia los indios debían probar que tenían alma. Falso.

Un distinguido exministro afirmó que científicos, humanistas, filósofos fueron torturados o quemados por la consabida Inquisición acusados de brujería, o de ser endemoniados. Falso.

Un respetable expresidente del Congreso señaló que el gobierno socialista sacó a España de la pobreza. Falso.

Llevaría muchas páginas demostrar lo erróneo de tales aseveraciones, por lo cual no me meteré en ello. Muchos lectores estarán convencidos de que quien se halla en pleno error es este articulista, ¡qué le vamos a hacer! Es la consecuencia del saber común, acrítico y no verificado.

Antes solían decir que “de médico, poeta y loco todos tenemos un poco”; ahora habría que añadir “de historiador”. La gente, aun los intelectuales, muchas veces aprenden Historia en novelas, películas o series de TV (escuché a un distinguido médico asegurar que aprendió Historia con la lectura de novelas y a una profesora de secundaria que para saber si un hecho histórico es verdadero basta el sentido común).

La preocupación que me asalta cuando sospecho que las personas cultas que conocen el pasado solo en base al saber común ni se plantean el problema; es más, he constatado sus enojos cuando se les advierte de la equivocación. Esta deformación intelectual, con su mayor o menor dosis de soberbia, también se da en asuntos del presente: personas de no creer, como se dice, aceptan falsedades tamañas porque aparecen en periódicos “intachables” del primer mundo, aunque sirvan a intereses protervos.

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