El virus italiano

ENE, 23, 2021 | - Por CARLOS FREILE

Tomo el título para este artículo de la periodista Marinellys Tremamunno en un trabajo sobre la influencia de Antonio Gramsci sobre Chávez y Maduro. Aunque parezca imposible, los dos zafios gobernantes de Venezuela han sabido del filósofo marxista italiano y le han rendido homenaje, tal vez por insinuación de sus mentores españoles. Gramsci es hoy uno de los filósofos más leídos del mundo y en los Estados Unidos va a la cabeza de los temas de estudio en las universidades.

Esta realidad explica con suficiente certeza el auge del progresismo neomarxista en ese país, como en otros: él se dio cuenta, muy temprano -murió en 1937-, de que la revolución violenta a favor del comunismo no tenía futuro; mucho más efectiva sería la conformación de un “bloque hegemónico” en al ámbito de la ideología, o sea del conjunto de ideas, no importa si falsas, que dominan una sociedad. De allí su tesis del “imperativo cultural”: ganar, para el comunismo y sus aliados, el mundo de la educación y de los medios de comunicación al mismo tiempo que se disminuye al máximo la influencia cultural de la religión.

Esta tesis se ha aplicado, con éxito evidente, en todos los países, sin importar su desarrollo económico ni tecnológico: así vemos el dominio de la tesis de la “hegemonía cultural” en países tan disímiles como los Estados Unidos y el Ecuador. Con la ceguera de los liberales, en el sentido de personas que ponen como eje de su concepción del mundo la libertad personal, los neomarxistas gramscianos se han apoderado de la educación, de los medios y de la cultura; por eso van logrando poco a poco un consenso entre todos los ciudadanos, aun entre los ricos. El resultado es un dominio de las instituciones sin necesidad de una dictadura; aunque en ocasiones esta se da por razones individuales, no estructurales.

No hay que ser un genio para darse cuenta que en la base del Socialismo del Siglo XXI y de la actual acción política de los demócratas en EE.UU. se halla Gramsci, la hegemonía cultural neomarxista triunfa de la mano de lo políticamente correcto.

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