El intelectual, el cobarde

OCT, 18, 2017 | 00:10 - Por DANIEL MARQUEZ SOAREZ

Daniel Marquez Soares

El filósofo español Fernando Savater afirmó, en relación con la coyuntura política, que en su país había una cobardía generalizada entre los intelectuales. Los comparó con las prostitutas, sentenciando que, al igual que ellas, “vivimos de gustar y nadie quiere dejar de hacerlo aunque tenga que arrastrarse por el fango”. El desventurado pensador parece recién haberse dado cuenta de que “intelectual” y “cobarde” son hoy, con justo motivo, sinónimos. 

La valentía tiene que ver con correr riesgos considerables para lograr lo que uno desea profundamente. Por ello, por la magnitud del riesgo, la valentía es patrimonio de pocos y la mayoría de esos valientes encuentran finales calamitosos. 

Bajo esa lupa, el mimado intelectual moderno, ese respetable académico y vedette de la opinión pública, es un cobarde a carta cabal que sortea el riesgo de forma sistemática y calculada: goza de estabilidad económica; espera desde afuera a que otros tomen las decisiones para juzgarlas cómodamente cuando ya tiene los resultados a la mano; se cuida de siempre agradar a los pocos que tienen el poder de dañarlo; los otros descienden al verdadero fango del mercado y el mundo laboral mientras él vive entregado al deleite de la ciencia, el arte y la cultura; cuando miente o se equivoca no termina desempleado ni en la quiebra, sino que paga un mínimo peaje en prestigio ante el pequeño universo de sus colegas y seguidores. 

Para recuperar la dignidad perdida, los intelectuales deberían rescatar esos detalles que hacían tan respetables a sus antepasados, los que rezumaban integridad y terminaban ejecutados cuando su bando era derrotado. Decir aquello en lo que genuinamente se cree, aunque implique una suerte de inmolación académico-laboral; gastar tiempo y paciencia en la tortuosa tarea de educar a los osadamente ignorantes, en lugar de privilegiar el cómodo diálogo entre expertos; ser generosos y transparentes con el conocimiento, incluso con los enemigos. Y, cuando toca, vivir una vida austera y modesta. Es un precio insignificante por el lujo, del que tanta gente próspera carece, de poder decir lo que verdaderamente se piensa.  


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