Esos estudiantes

ABR, 25, 2018 | 00:10 - Por DANIEL MARQUEZ SOAREZ

Daniel Marquez Soares

Becar a nuestros mejores estudiantes para que se formaran en los mejores centros del mundo parecía algo innegablemente benévolo. Sin embargo, ante los fantasmas del desempleo y la decepción que tantos de ellos han encontrado, parece que hasta eso fue un engaño. Maldita década.   

El mito que elegimos creer rezaba que los estudiantes, a su regreso, serían más productivos y enriquecerían al país con su trabajo. Hasta ahora los principales ganadores de esta política han sido apenas la bien alimentada burocracia encargada de gestionarla y las universidades extranjeras que fueron las destinatarias finales de los fondos. Los becados siguen esperando buenos puestos; la sociedad y el sector productivo, el prometido boom de productividad e innovación. 

Esta vez no fue culpa del régimen. Nuestro desengaño es parte de una creciente decepción mundial con el sistema educativo. En su libro ‘El caso contra la educación’, Bryan Caplan concluye en que la única función del sistema educativo, con sus clases insufriblemente aburridas y sus materias mayormente inútiles, es indicarle al aparato productivo cuáles ciudadanos tienen, y en qué grado, ciertas cualidades, como inteligencia, disciplina y conformismo, que los hacen buenos empleados.

Así el aparato productivo puede contratar de forma más rápida y eficiente, y pagarles mejor a los elegidos.  Es mentira que el sistema educativo aporte habilidades prácticas o que aumente productividad; eso lo hace el propio sector productivo.    

Para que ese sistema opere bien se requiere la existencia de un sector productivo sofisticado, algo de lo que Ecuador carece. Antes de salir con la perorata del “emprendimiento” hay que recordar que levantar industrias complejas y rentables es algo endiabladamente difícil y que los becarios no estuvieron preparándose afuera todos estos años para terminar de improvisados “emprendedores”. 

Volvemos a descubrir por las malas que no existen atajos para el desarrollo y la prosperidad. Si progresar fuera tan fácil como mandar a un puñado de jóvenes talentosos a estudiar al extranjero, hace tiempo que los países desarrollados hubiesen prohibido extranjeros en sus aulas. 


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