Perder el miedo

OCT, 25, 2020 | - Por Kléber Mantilla Cisneros

La última jornada de movilizaciones no contó con el apoyo de las organizaciones indígenas y la fuerza de la protesta se evaporó. La peste Covid-19 y el ambiente de desconfianza preelectoral contribuyeron a debilitar el poder de convocatoria social en las calles, pese a la indignidad de la realidad actual: injusticia social, desigualdad educativa, pérdida de libertades, desempleo, desnutrición infantil y pobreza expandida.

Sin duda, el gran perdedor fue el activismo correísta y los grupos golpistas que permanecen en caída libre puesto que aún no logran inscribir su binomio para los próximos comicios. Esos grupos vandálicos infiltrados continúan impunes por la agresión incendiaria del año pasado a Quito. Esta vez, los policías doblaron en cantidad a los manifestantes; sin embargo, algunos desadaptados volvieron a pintarrajear paredes y dañaron plazas en medio de incidentes aislados. Situación que exige innovación en la filosofía y praxis de la protesta, más creatividad, imaginación, debate y serenidad para replantear el modo de vida, el reclamo, la rendición de cuentas y las formas de gobernabilidad. Nuevos acuerdos, claros y transparentes, entre todos, para vivir y adaptarnos a la nueva normalidad, en un ejercicio colectivo de confianza.

De hecho, el concepto libertad sufre el mayor asedio histórico por efecto de la pandemia pues viene acompañada de hambruna, violencia, rebelión y luchas sociales: muchas libertades perdidas a nombre del resguardo de la salud pública. Por decir, cada vez que se restringe la experiencia de educar y aprender con humanismo en una sociedad presencial definida; o, controlar la circulación de personas con mallas metálicas en una ciudad patrimonial. Todo bajo una autoridad en el rol de vigilancia y castigo hasta para decidir cuándo y cómo lavarse las manos o fijar las horas de sueño. En sintonía, el miedo atenaza personas mientras las libertades se vuelven muy frágiles frente a un poder omnímodo, las cuales no se recuperan a la misma velocidad que como se las pierde.

Si la libertad de expresión viene atada a un aparato judicial diseñado para atemorizar a periodistas obligados a adaptarse a situaciones de incertidumbre, Aristóteles creería que la única salida sería vencer el miedo en plazas, calles y salones de clase.  

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