Historia de Lucha

AGO, 20, 2017 | 00:20 - Por JAIME DURÁN BARBA

Jaime Durán Barba

Cristali fue un zapatero y dirigente revolucionario que adoptó el nombre de combate de J. Posadas, cuando fundó su propia Cuarta Internacional Comunista. Muchos se entusiasmaron con sus contactos con alienígenas trotskistas que luchaban por el marxismo galáctico. Lucha era una activista que decidió no sonreír hasta que el proletariado se liberara definitivamente de las cadenas capitalistas. 

Parecía inminente el triunfo de la revolución mundial y la aparición del hombre superior, que ya existía en la URSS y en Cuba. Con el catecismo marxista de Marta Harnecker, algunos se dedicaron a la tarea de evangelizar a los jóvenes. Lucha fue una de las evangelistas de la nueva verdad con la que se adoctrinaba a los jóvenes en casi todas las facultades de algunas universidades. Se convirtió en una celebridad intelectual revolucionaria y se formolizó. Algunos experimentan, viajan, estudian, crecen intelectualmente a lo largo de su vida, otros se sienten dueños de la verdad absoluta. Lucha estaba entre estos últimos.

Con los años, llegó a su país la revolución con la que soñó. La ola comunista casi se había extinguido, los alemanes habían derrumbado el Muro de Berlín, los nuevos revolucionarios ya no mataban, buscaban tener automóviles de alta gama más que metralletas. Lucha salió a las calles a defender el socialismo del siglo XIX. Si los alemanes no habían entendido lo que era el paraíso proletario, pronto llegarían los alienígenas para impulsar el socialismo galáctico.

Lucha fue llamada a ocupar el Ministerio de Felicidad de la Vida Salvaje. El gobierno había creado setenta ministerios para combatir la desocupación y el de Lucha fue uno de esos. Feliz de encabezar la revolución, trabajó de manera incesante. No sabía muy bien qué se debía hacer, pero lo hacía a tiempo completo. El barrio se estremecía con las sirenas de las escoltas, las motos cortaban el tráfico. Se había convertido en el principal objetivo militar de los Estados Unidos. Sus informantes le decían que el presidente norteamericano discutía con el Consejo de Seguridad qué hacer con ella.

A las tres semanas de su nombramiento, Lucha salió de casa con sus escoltas y tres horas después volvió en taxi. Dijo en el Palacio que en el gobierno nadie más dominaba los conceptos de Marta Harnecker. Un escolta le dijo que entregara su computadora y se fuera para siempre.  El complot imperialista para matarla y sus escoltas se desvanecieron como la carroza de la Cenicienta. Se preguntaba, mientras caminaba con su bolsita de pan, si valdrá la pena tratar de reconstruir el Muro de Berlín, en un mundo banal en el que ni siquiera el imperialismo la persigue a pesar de su sabiduría.


*Profesor de la GWU.

 


 

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