Pienso, luego comparto

AGO, 20, 2017 | - Por Carlos Arellano

Carlos Arellano


Una red social en Internet es un sitio conformado por comunidades de individuos que comparten intereses en común; su fin es el intercambio de información (imágenes, videos, textos, documentos). El creciente acceso a Internet, a consecuencia de las políticas de estado e inversiones públicas y privadas, permitió un mayor acceso a estas redes que hoy representan un mundo virtual sin restricciones. Los programas de mensajería instantánea (WhatsApp, Telegram, Tango) son parte del mundo virtual en el que las comunicaciones encontraron distintas maneras de intercambiar mensajes.
 

Internet representa un extenso enclave en la construcción de la identidad y popularidad digital de los usuarios; es posible alcanzar la anhelada popularidad al compartir contenido de interés en alguna red, con el afán, incluso enfermizo, de captar ‘likes’ y seguidores. El deseo de buscar la “fama digital” ha restado en usuarios el sentido común, limitando su participación a un espacio exclusivamente digital; claros ejemplos fueron las transmisiones en vivo de tragedias suscitadas recientemente (Usuarios que transmitieron los atentados terroristas en Barcelona) o videos ‘off-line’ de accidentes automovilísticos (Incluso reproducidos por prestigiosos medios de comunicación).
 

La fácil accesibilidad a las redes sociales, en innumerables ocasiones, convirtieron a los usuarios en emisores o receptores de contenido agresivo y ofensivo: cadáveres en carreteras, videos sexuales de reconocidos personajes que vulneran las fronteras entre lo público y lo privado y más; este tipo de contenido constituye una agresión e insulto a la memoria de las víctimas, a sus protagonistas y familias; acciones inhumanas que pretenden justificarse en conseguir una visibilidad efímera en un mundo virtual.
 

Compartir un video de un accidente de tránsito no reducirá la siniestralidad en las vías, aumentará el dolor de las familias; un video de contenido sexual de un personaje, con o sin reconocimiento social, irrespeta el derecho a la intimidad y buen nombre de los involucrados. ¡Qué el morbo no reste nuestra capacidad de discernimiento y sentido común! Pienso, luego comparto.

 

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