Me dolió

ABR, 18, 2019 | - Por GABRIELA ROSERO

Gabriela Rosero

Enterarse de un suicidio eriza la piel y deja interrogantes: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué no pidió ayuda? En muchos casos cuestionamos ese hecho con la frase ¡qué cobarde!

Hago estas reflexiones porque el fin de semana pasado me dolió enterarme sobre la muerte de un joven, quien tomó la fatal decisión de quitarse la vida. Ante este doloroso hecho nadie dice ni hace nada, aún cuando como todos los muchachos de su edad (15 años) vivía lleno de sueños e ilusiones.

No es el único caso. Los suicidios en nuestra ciudad y provincia son elevados, pero ocurre que este tipo de información no se la da a conocer; sea para no alarmar a la ciudadanía o simplemente porque ya nos hemos “acostumbrado” a que este hecho suceda.

Creo que deberíamos hacer exactamente lo contrario: es importante difundir estos hechos que ocurren en nuestra comunidad. Y no por morbo, si no para que la ciudadanía esté atenta a los rasgos que presentan las personas quienes padecen esta patología depresiva antes de tomar una fatal decisión. Todos debemos involucrarnos en la reducción de la incidencia de suicidios, informarnos, investigar, dialogar y en muchos casos hasta pedir ayuda especializada. De esta manera evitaríamos que este doloroso acontecimiento pueda ocurrirle a una persona cercana a nosotros.

¿Es una cobardía o valentía quitarse la vida? Partiendo del principio de que la vida es por sí misma es un milagro y una bendición, alrededor del suicido me nacen un sinnúmero de cuestionamientos.

Parecería que ‘NADIE HACE NADA EFECTIVO’. Las personas que llegan a tomar esta decisión dan señales durante mucho tiempo: vienen pidiendo a gritos atención, amor, comprensión, que los escuchen o que tan solo alguien les ofrezca un abrazo.

Cuando conocí las razones por las que este joven se suicidó me sentí impotente: ausencia de los padres, bullying escolar, soledad, falta de atención y cariño.

¿Para que traemos hijos al mundo si no vamos a llenarlos de amor y forjar su vida a su lado? Mientras creamos que su felicidad se basa en lo que materialmente les podemos dar y comprar con dinero; mientras nos olvidamos de lo prioritario que es el amor; entonces cada día más padres seguirán enterrando a sus hijos.

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