¡Qué indignante frustración!

JUL, 22, 2018 | 00:05 - Por ALFONSO ESPIN MOSQUERA

Alfonso Espín Mosquera

En los años sesenta y setenta, pensar en el socialismo era una especie de estatus intelectual, de grata convivencia en la búsqueda de la redistribución equitativa de las riquezas. Junto a las ponencias políticas, aparecieron además música, pintura, literatura a lo largo de toda Latinoamérica, que se declaraba abiertamente receptiva a estos ideales progresistas. 

En esta corriente también entraron sectores de la Iglesia católica: los miembros de la Teología de la Liberación, movimiento del que hay muchos representantes en esos años que se comprometieron aun con grupos subversivos. Al parecer el acontecer socialista tenía sentido, pues el mundo capitalista era injusto, desproporcionado en sus aconteceres sociales y todos ansiaban el advenimiento de algo nuevo, que rompa lo neoliberal.

Cuba logró, a través de una revolución en 1959, la entrada al socialismo; Chile en 1970 tiene un gran intento, en Nicaragua, Colombia, Uruguay, Perú, y en otros países de Centro y Sudamérica, aparecieron brotes insurgentes, que hoy han terminado corrompidos en una ola narcoterrorista, como en el caso colombiano.

La presencia de Rafael Correa, que hablaba de socialismo, que utilizó los nombres de íconos guerrilleros: el Che, Alfaro, Sandino; consignas como la trillada: “Hasta la victoria siempre”; cánticos como: “El pueblo unido, jamás será vencido”; que cantaba en las tarimas con los ‘Intiillimani’, ‘Quilapayún’, desbordó al extremo de la alienación un mensaje detrás del que, diez años después se  han descubierto los actos de corrupción más brutales de la historia del país; la presencia de una “mafia de inteligencia” creada por el gobierno de Correa para perseguir a los opositores; una podredumbre ética sin parangón en Ecuador, y más circunstancias avergonzantes que, a la postre, terminaron desvirtuando cualquier idea posible de socialismo.

Hoy el país se debate en esta inmisericorde lucha en contra de todos los entramados de la corrupción que, ciertamente, no son solamente de esta década última, a la que descaradamente los correístas le llamaban “ganada” y se llenaban la boca hablando de “manos limpias, mentes lúcidas y corazones ardientes”. 


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