Pandemonio

MAY, 25, 2020 | 00:06 - Por Kléber Mantilla Cisneros

Varios demonios apocalípticos se juntaron: corrupción, desigualdad, pobreza, hambruna, desempleo, demagogia y la plaga maligna, que a su nombre los políticos justifican, lo que sea: Covid-19. El bicho letal que desnuda la peor mitad de los mundos durante un encierro con aires de atraco, embauque y saqueo. Una exageración de incertidumbre y pánico extendido ante decisiones gubernamentales tétricas, confusas,  inhóspitas...

Ese liberar el precio de los combustibles demorado y desbarajustado al costo de la canasta de alimentos, arriendos o del pasaje de transporte. Esa clausura de empresas públicas inoficiosas y quebradas, pero sin releer la historia de nuestra aeronáutica y los ferrocarriles; sin respuesta al comercio regional, al ecoturismo en Galápagos y turismo comunitario. Esa reducción del sistema de salarios sin añadir la añorada recuperación del dinero robado durante 13 años y el cobro de impuestos a grandes corporaciones morosas. Ese cierre de embajadas sin el gesto noble de suspender a la hija del Presidente y de aquellos familiares de asambleístas y periodistas; hoy, diplomáticos asalariados. Esa propuesta dañina de preservar empleos sin revisar el caos del IESS y la mortal pandemia de jubilados, enfermos confinados y el botín político en los hospitales.

En fin, el regreso a las actividades cotidianas requiere mesura, orden, disciplina, cumplir con medidas de precaución y consciencia social. Saber que tele-educación y tele-trabajo son una vana pretensión pues trastoca horarios, desmejora el ingreso familiar con caras facturas de electricidad y telefonía. Reivindica culturalmente ‘lo inútil’. Aquel facilismo de una vida deshumanizada y el video. Un problema de mentalidad: el usar Tablet y computadoras sin entender higiene y salubridad. Peor, agravar la hipertensión arterial, obesidad, diabetes, tabaquismo y otros asociados al deterioro de defensas del cuerpo humano. Hasta acabar con la metáfora guerrera contra el enemigo común a derrotar.

La educación es diga y universal. Nunca productora mercachifle del consumismo. Con profesores vistos como burócratas con bajos o medianos sueldos. Escuelas, colegios y universidades convertidas en fábricas de mercancías. Sin estudiantes reflexivos; sino, más bien, clientes obedientes. Usuarios de redes desconectados del reclamo pese a cohabitar entre atropellos, saqueos y crímenes de lesa humanidad cometidos por  autoridades inoperantes. Un pandemonio expreso listo a más corruptelas, más codicias perversas por aprovecharse del caos reinante y esa destructiva mediocridad con poder.

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