Liderazgos

JUL, 05, 2020 | - Por CESAR ULLOA TAPIA

Es evidente que las distintas fórmulas de liderazgo que se han ensayado y otras que siguen permanentes desde la transición a la democracia no han funcionado en la política partidista, sindical y gremial. La crisis que vivimos es el resultado de aquello. Los hechos tienen nombres y apellidos, y no hay que hacerse los locos. Hay eternos dirigentes poniendo el pie a los nuevos cuadros. En 40 años se observa una mezcla de estilos: el señor feudal que reproduce su bravuconería en las instituciones, las empresas y las organizaciones, de otro lado, está el populista que vive de la polarización y el baratillo de ofertas y en el otro extremo, el ungido por los grupos de facto sin otro mérito que asumir la defensa de intereses corporativos.

La miopía más la resistencia de la dirigencia de los partidos tradicionales por renovar cuadros aceleraron su muerte. Cuando salieron, entre comillas, los caudillos, el vacío provocado imposibilitó, aún más, la llegada de nuevos líderes. La típica fórmula del “eterno ausente” ha sido practicada por casi todos los dirigentes: “después de mí no hay nada”. La eternización del poder no solo es una práctica enfermiza, es ante todo, irresponsable. Enfermiza, porque el deseo de poder y control delata inseguridad e irresponsable, porque mata la posibilidad de que las nuevas generaciones hagan servicio ciudadano en las distintas funciones.

La pandemia acelera el debate y la puesta en escena de nuevos liderazgos. Eso significa anteponer las cualidades y luego empatar con nombres. No hay que tenerle miedo al recambio de relevos, si el país tiene, entre sus 17 millones de personas, hombres y mujeres valiosas que superan en credenciales éticas a los “honorables” dirigentes partidistas, sindicales y gremiales, además que nunca antes el Ecuador tuvo gente más preparada para asumir tareas. Es necesario e impostergable un acuerdo intergeneracional y temático, de principios éticos y responsabilidad apoyada de la sociedad para afrontar una época que tiene más dificultades que placeres. Al final, los liderazgos nos sacan o nos hunden.

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